MI HISTORIA CON DIOS

MI CAMINO CON DIOS 

Mi historia con Dios comienza incluso antes de que yo fuera plenamente consciente de su presencia en mi vida. Inicia con tres mujeres fundamentales: mi mamá, mi tía y mi abuela. Ellas fueron el primer puente entre Dios y yo, quienes desde muy pequeño me enseñaron quién era Él, me hablaron de su amor y me permitieron conocer su religión. Gracias a ellas crecí sabiendo que Dios no era una figura lejana, sino alguien cercano, presente y dispuesto a acompañarme en cada etapa de mi vida.

Desde niño fui introducido a la vida sacramental de la Iglesia. Fui bautizado en la iglesia de manzanares. Pero, la iglesia de Bavaria, es el lugar que se ha convertido en un espacio constante a lo largo de mi vida y al cual he asistido durante muchos años. Más adelante, realicé mi primera comunión en mi colegio, San Luis Beltrán, una experiencia que marcó un momento importante en mi formación espiritual, pues fue allí donde comencé a entender, aunque de manera sencilla, el significado de recibir a Dios y abrirle un espacio en mi corazón. Finalmente, culminé este proceso con el sacramento de la confirmación, el cual realicé en mi iglesia, reafirmando públicamente mi fe y mi deseo de seguir el camino cristiano. 

De ese tiempo, recuerdo  que las celebraciones de Navidad estuvieron profundamente marcadas por la fe y la unión familiar. Cada diciembre, mi familia se reunía completa para rezar las novenas, convirtiendo esos momentos en espacios de recogimiento, amor y agradecimiento a Dios. No eran solo oraciones repetidas, sino instantes en los que aprendí el valor de la familia, la esperanza y la presencia de Dios en lo cotidiano. La Navidad, para nosotros, siempre fue sinónimo de unión y fe compartida. 

Después de rezar las novenas en casa, nos dirigíamos al parque del barrio, donde se reunía gran parte de la comunidad para compartir y orar juntos. Ese espacio se llenaba de voces, risas y cantos que reflejaban un verdadero espíritu de fraternidad. Más tarde, también visitábamos las casas de los vecinos para continuar con las novenas, recordando que la fe no solo se vive en lo individual, sino también en comunidad, acompañados los unos de los otros bajo la guía de Dios. 

A pesar de haber crecido rodeado de fe y de haber cumplido con estos sacramentos, me atrevo a decir que mi relación con Dios no siempre ha sido del todo sana o constante. No ha sido una relación perfecta, ni lineal, pero sí ha sido una fuente permanente de aprendizaje y de paz. Con el tiempo he entendido que la fe no se trata únicamente de cumplir con rituales o normas, sino de una relación viva, que se construye, se fortalece y, a veces, también se pone a prueba.

En muchas ocasiones he sido yo quien le ha fallado a Dios. He sido yo quien se ha alejado, quien ha dudado, quien ha tomado decisiones equivocadas. Sin embargo, aun en esos momentos, Dios siempre ha sido quien me tiende la mano para evitar que me pierda por completo. A pesar de mis errores, Él nunca ha dejado de buscarme, de esperarme y de recordarme que su amor no depende de mi perfección, sino de su infinita misericordia.

Siempre he sido creyente, pero durante mi adolescencia atravesé una etapa en la que me alejé de Dios. Dejé de ir a misa, dejé de orar y dejé de buscar su amor y su paz. Me enfoqué en otras cosas, en otras prioridades, y poco a poco fui dejando de lado aquello que había sido parte esencial de mi vida desde niño. En ese tiempo creí que podía avanzar solo, que no necesitaba de Dios para enfrentar mis problemas o tomar decisiones, pero con el paso del tiempo comprendí que ese distanciamiento solo me llenaba de vacío e inquietud.

Aun así, la vida, de mil y una formas, se encargó de mostrarme que todos los caminos terminaban llevándome nuevamente a Él. Por más que me equivoqué, por más que pequé y por más que en mis peores momentos estuve cerca de perder la fe, Dios siempre permaneció como una constante en mi vida. En medio de mis caídas, de mis dudas y de mis errores, su presencia seguía ahí, silenciosa pero firme, recordándome que nunca me había abandonado.

Hoy entiendo que Dios nunca dejó de amarme, incluso cuando yo me alejé de Él. Su amor ha sido paciente, incondicional y fiel. Mi historia con Dios no es la historia de alguien perfecto, sino la de alguien que aprende, que cae y que vuelve a levantarse gracias a la fe. Es una historia de reconciliación constante, de aprendizaje y de esperanza, en la que Dios siempre ha estado presente, esperándome con los brazos abiertos, dispuesto a darme paz y a guiarme nuevamente por el camino correcto.
























Comentarios

Entradas más populares de este blog

CULTURAS HÍBRIDAS

EL MITO DE LA CAVERNA